¿Qué significa que la mies es mucha pero los obreros son pocos? una referencia breve a Mateo 9:37-38 junto a Juan 4:35
¿Qué significa que la mies es mucha pero los obreros son pocos? No hace falta ir muy lejos para encontrar la mies. A veces basta con encender el televisor. En las últimas semanas, dos noticias completamente distintas —una tragedia y una fiesta deportiva— han mostrado el mismo patrón: personas comunes, en medio de circunstancias extraordinarias, volviéndose hacia Dios. Y eso despierta una pregunta que toda comunidad de fe debería hacerse sin autocompasión: ¿por qué no vemos esto con la misma claridad en nuestro propio entorno?
La respuesta probablemente tiene menos que ver con la estrategia y más con la obediencia diaria de mirar los campos que ya están listos para la siega.
El trasfondo bíblico: unos campos que ya estaban blancos
En Juan 4, Jesús se encuentra con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar. La conversación termina en una revelación tan sencilla como radical: ella corre a contarle a todo el pueblo lo que ha vivido. Mientras tanto, los discípulos regresan con comida, ajenos por completo a lo que acaba de suceder frente a sus ojos. Jesús les dice algo que sigue interpelando veinte siglos después:
«¿No decís vosotros: aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí yo os digo: alzad vuestros ojos, y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega» (Juan 4:35).
El texto no dice que Jesús creó una siega inesperada. Dice que ya estaba ahí, y que los discípulos simplemente no la habían visto. El problema no era la falta de mies. Era la falta de ojos entrenados para reconocerla. Y ese patrón se repite, casi de forma idéntica, en la actualidad.
La mies en medio de la tragedia: lo que Venezuela nos recuerda
El 24 de junio de 2026, un doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 sacudió Venezuela, dejando miles de fallecidos y a decenas de miles de personas desplazadas o en búsqueda de familiares desaparecidos. En medio del colapso de la respuesta gubernamental, fueron las iglesias locales las primeras en organizarse: pastores convirtieron sus templos en centros de acopio, congregaciones abrieron sus puertas para recibir familias desplazadas, y redes de creyentes se movilizaron para repartir alimentos y agua en cuestión de horas, mucho antes de que llegara cualquier ayuda institucional.

Pero quizás el testimonio más elocuente de esta tragedia no vino de una organización, sino de un hombre común: Hernán Gil, un vigilante de seguridad que permaneció atrapado casi ocho días bajo los escombros de un edificio colapsado en La Guaira. Al ser rescatado, entre lágrimas, declaró que había pedido a Dios un milagro durante toda su cautividad, y que la fe fue lo que lo sostuvo en los momentos de mayor desesperación.
Ese testimonio no fue producido por una campaña evangelística. No hubo estrategia de marketing detrás. Fue, sencillamente, un ser humano en el límite de sus fuerzas volviéndose hacia Dios porque no le quedaba nada más. Y millones de personas, a través de la cobertura mediática de su rescate, fueron testigos de esa fe genuina sin que ninguna iglesia tuviera que organizar un evento para lograrlo.
Este es un principio que muchas congregaciones olvidan: la mies más madura casi siempre está en medio del dolor, no en medio de la comodidad. Las crisis no crean la necesidad espiritual; simplemente la hacen visible para quien tenga ojos para verla.
La mies en medio de la fiesta: lo que el Mundial 2026 nos recuerda
En el extremo opuesto de la emoción humana está el Mundial de la FIFA 2026, el mayor evento deportivo del planeta, con miles de millones de espectadores siguiendo cada partido. Y ahí también, de forma sorprendente para quienes creen que el evangelismo solo funciona en contextos «serios», la mies se ha hecho visible.
En Ciudad de México, la Iglesia Bautista Estrella de Belén organizó, por primera vez en sus 66 años de historia, una fiesta para ver el partido inaugural de la selección mexicana combinada con una actividad evangelística deliberada: invitaron a familiares y amigos que no conocían a Cristo, decoraron el salón con la temática del torneo, y se aseguraron de que nadie saliera de ahí sin haber escuchado el mensaje del evangelio. No fue el único caso: miles de congregaciones en América Latina se sumaron a iniciativas similares, aprovechando la pasión futbolística como puente hacia conversaciones espirituales genuinas.
El gesto más conmovedor, sin embargo, ocurrió sobre el propio terreno de juego: tras el debut mundialista de Alemania, jugadores alemanes y de Curazao se reunieron espontáneamente en un círculo de oración al finalizar el partido, un gesto que trascendió la rivalidad deportiva y que fue replicado en redes sociales como testimonio de unidad cristiana por encima de la competencia.

Ninguno de estos momentos requirió una producción sofisticada ni un presupuesto de campaña. Requirió creyentes dispuestos a ver una oportunidad donde otros solo veían un partido de fútbol.
Por qué no vemos esto en nuestra comunidad
Es momento de la pregunta incómoda que toda comunidad de fe debería hacerse con honestidad pastoral. Existen al menos cuatro causas frecuentes:
1. Hemos cambiado la oración por la administración. Las iglesias contemporáneas han profesionalizado, con toda razón, su gestión: comunicación, finanzas, producción, redes sociales. El riesgo es que la excelencia operativa termine ocupando el lugar que antes ocupaba la vigilia, el ayuno y la intercesión sostenida por la comunidad.
2. Hemos delegado el evangelismo a «los que tienen el don». La Gran Comisión no fue dada a un comité de evangelismo ni a un ministerio especializado. Fue dada a cada discípulo (Mateo 28:19-20). Cuando una congregación cree que evangelizar es tarea exclusiva de «los evangelistas», la mies se queda sin quien la siegue.
3. Esperamos el contexto perfecto en lugar de aprovechar el contexto real. La iglesia de la colonia Estrella de Belén no esperó un evento cristiano «puro» para evangelizar. Usó el Mundial, tal como es, con toda su emoción y ruido, como el puente que ya estaba disponible. Muchas congregaciones, en cambio, esperan condiciones ideales que nunca llegan.
4. Hemos dejado de mirar. Como los discípulos junto al pozo, volvemos con la comida, con la agenda cumplida, con el servicio realizado, sin alzar los ojos para ver quién está a nuestro alrededor necesitando una palabra de esperanza, sea en medio de una tragedia o en medio de una celebración.
De la emoción a la obediencia: aplicación práctica
Ver estas noticias puede producir dos reacciones opuestas: la admiración pasiva («qué bueno lo que están haciendo otros») o la obediencia activa («¿qué puedo hacer yo, hoy, en mi círculo de influencia?»). La Escritura nos invita claramente a la segunda.
Algunas acciones concretas, sin necesidad de un evento masivo ni de recursos extraordinarios:
- Ora por tres personas específicas que no conocen a Cristo, por nombre, durante 21 días consecutivos. La oración específica precede casi siempre al fruto específico.
- Aprovecha el contexto que ya tienes, sea un evento deportivo, una crisis comunitaria o una simple reunión familiar, como puente natural hacia una conversación espiritual genuina, en lugar de esperar el momento «ideal».
- Comparte tu testimonio, no un sermón. La mujer samaritana no predicó una doctrina; contó lo que le había pasado. Eso basta para abrir una puerta.
- Involúcrate en espacios de necesidad real: apoyo a comunidades afectadas por crisis, acompañamiento a quien atraviesa duelo o dificultad. Ahí, con frecuencia, está la mies más madura.
- Como iglesia local, evalúa el balance entre programación y oración. ¿Cuánto tiempo colectivo se dedica a planificar frente a cuánto se dedica a interceder?
Una palabra final: la mies sigue siendo la misma
Ya sea bajo los escombros de un edificio en La Guaira o en las gradas de un estadio repleto durante el Mundial, la mies no cambia de naturaleza: son personas comunes, en momentos extraordinarios de su vida, con el corazón abierto hacia algo más grande que ellas mismas. Jesús no dijo que los campos se pondrían blancos algún día lejano. Dijo que ya estaban blancos frente a los discípulos, en ese mismo instante, en un pueblo samaritano al que muchos preferían evitar.
La pregunta que abrió este artículo —¿por qué no vemos esto en nuestra comunidad?— probablemente no tiene una respuesta estratégica. Tiene una respuesta espiritual: la mies sigue esperando ojos que la miren y manos dispuestas a segarla. No se trata de esperar una tragedia o un evento mundial para evangelizar. Se trata de recuperar, en lo cotidiano, la disciplina de la oración, la valentía de la obediencia y la sensibilidad para reconocer que el campo blanco más cercano probablemente está a un paso de distancia: en la mesa de la cena, en el escritorio de al lado, en la banca de la iglesia que ocupa alguien que aún no conoce a Cristo.
«Alzad vuestros ojos, y mirad los campos» no fue una sugerencia para los discípulos de aquel día. Sigue siendo, hoy, un mandato para cada creyente que desea ver en su comunidad lo que hoy observa, con asombro, en las noticias.
¿Ya identificaste tu campo blanco? Compártelo en los comentarios y comprométete hoy a orar por esa persona durante los próximos 21 días.
